viernes, 1 de mayo de 2020

LA DESTRIPADORA DE TANGOS

Violeta destrozaba los tangos. Tenía esa suculenta pasión. Disfrutaba diseccionando sus letras sobre las hojas radiantes de una libreta y escuchando conscientemente la música mientras le daba vueltas y vueltas al carrusel del MP3. Separaba la Letra por un lado, y la música por otro.

Pero… ¡cómo costaba separarlas! A menudo la música y el cantor se aferraban a las letras y, de tanto en tanto, cuando las analizaba, se disolvían unas corcheas y redondas en algunas palabras, un lamento cantado o la impostación del cantor en varios versos. “¡Fuera, fuera ahora mismo cualquier indicio de música… !- se decía con severa disciplina – toca, por el momento, la destilación del mensaje escrito”. Se repetía con insistencia que para captar las emociones en la letra debía quedarse solo con las palabras. Y allí, cuando estaba a solas con ellas, descubría que la alegría pura se podía transformar doce segundos más tarde en un llanto, luego en rabia y posteriormente en impotencia... “Un texto es un historial clínico de emociones y quiero comprenderlas”- perseveraba - “y debo entrar ahí, vivirlas, hacer un viaje emocional sin razón hasta agotarme...” Intuía que al buscar la intención del poeta en esas letras iba a encontrar una esencia de ella. Y se iba regocijando con la idea mientras anotaba meticulosamente en su libreta “un llanto inicial, con muerte emocional súbita, desesperación en la reanimación, desolación y desamparo final trágico”.

Luego tomaba la música aparte y, llevando en la probeta esas sensaciones puras que había destilado en las palabras, analizaba con minucia cada sonido del cantor y de los instrumentos: un violín llorando, los bandoneones cabalgando como briosos caballos, las teclas juguetonas y risueñas del piano, un fraseo vibrante del cantor, varios instrumentos tejiendo un sentimiento a la vez o el enmudecimiento repentino para ceder protagonismo al solista o a un único instrumento.Y después de horas y días, a veces semanas, de convivir y jugar a las matrioscas con cada uno de ellos, acababa profundizando en su secreto. “¡Ya está!,¡Ahora te conozco mejor!”- se reptía con júbilo- Y entonces, con ceremoniosidad tanguera, mezclaba de nuevo la letra y la música para bailarlos de forma diferente al impulso inicial. “Tú, palabra o metáfora, potencias lo mejor de ti con el violín... tú, enumeración, con el piano que te protagoniza. Vosotras, anáforas, con el golpe fuerte de la orquesta y la voz elevada del cantor...”Y cuando ya estaban matrimoniadas todas las partes del tango, desaparecía misteriosamente la destripadora. Tenía que olvidarlos a todos en algún lugar del corazón porque, en algunas noches mágicas, esos tangos especiales había que bailarlos como nacidos de nuevo. Sólo serían reconocidos por la emoción.

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