Violeta destrozaba los tangos. Tenía esa suculenta pasión. Disfrutaba diseccionando sus letras sobre las hojas radiantes de una libreta y escuchando conscientemente la música mientras le daba vueltas y vueltas al carrusel del MP3. Separaba la Letra por un lado, y la música por otro.
Pero… ¡cómo costaba separarlas! A menudo la música y el cantor se aferraban a las letras y, de tanto en tanto, cuando las analizaba, se disolvían unas corcheas y redondas en algunas palabras, un lamento cantado o la impostación del cantor en varios versos. “¡Fuera, fuera ahora mismo cualquier indicio de música… !- se decía con severa disciplina – toca, por el momento, la destilación del mensaje escrito”. Se repetía con insistencia que para captar las emociones en la letra debía quedarse solo con las palabras. Y allí, cuando estaba a solas con ellas, descubría que la alegría pura se podía transformar doce segundos más tarde en un llanto, luego en rabia y posteriormente en impotencia... “Un texto es un historial clínico de emociones y quiero comprenderlas”- perseveraba - “y debo entrar ahí, vivirlas, hacer un viaje emocional sin razón hasta agotarme...” Intuía que al buscar la intención del poeta en esas letras iba a encontrar una esencia de ella. Y se iba regocijando con la idea mientras anotaba meticulosamente en su libreta “un llanto inicial, con muerte emocional súbita, desesperación en la reanimación, desolación y desamparo final trágico”.
Luego tomaba la música aparte y, llevando en la probeta esas sensaciones puras que había destilado en las palabras, analizaba con minucia cada sonido del cantor y de los instrumentos: un violín llorando, los bandoneones cabalgando como briosos caballos, las teclas juguetonas y risueñas del piano, un fraseo vibrante del cantor, varios instrumentos tejiendo un sentimiento a la vez o el enmudecimiento repentino para ceder protagonismo al solista o a un único instrumento.Y después de horas y días, a veces semanas, de convivir y jugar a las matrioscas con cada uno de ellos, acababa profundizando en su secreto. “¡Ya está!,¡Ahora te conozco mejor!”- se reptía con júbilo- Y entonces, con ceremoniosidad tanguera, mezclaba de nuevo la letra y la música para bailarlos de forma diferente al impulso inicial. “Tú, palabra o metáfora, potencias lo mejor de ti con el violín... tú, enumeración, con el piano que te protagoniza. Vosotras, anáforas, con el golpe fuerte de la orquesta y la voz elevada del cantor...”Y cuando ya estaban matrimoniadas todas las partes del tango, desaparecía misteriosamente la destripadora. Tenía que olvidarlos a todos en algún lugar del corazón porque, en algunas noches mágicas, esos tangos especiales había que bailarlos como nacidos de nuevo. Sólo serían reconocidos por la emoción.
Pero… ¡cómo costaba separarlas! A menudo la música y el cantor se aferraban a las letras y, de tanto en tanto, cuando las analizaba, se disolvían unas corcheas y redondas en algunas palabras, un lamento cantado o la impostación del cantor en varios versos. “¡Fuera, fuera ahora mismo cualquier indicio de música… !- se decía con severa disciplina – toca, por el momento, la destilación del mensaje escrito”. Se repetía con insistencia que para captar las emociones en la letra debía quedarse solo con las palabras. Y allí, cuando estaba a solas con ellas, descubría que la alegría pura se podía transformar doce segundos más tarde en un llanto, luego en rabia y posteriormente en impotencia... “Un texto es un historial clínico de emociones y quiero comprenderlas”- perseveraba - “y debo entrar ahí, vivirlas, hacer un viaje emocional sin razón hasta agotarme...” Intuía que al buscar la intención del poeta en esas letras iba a encontrar una esencia de ella. Y se iba regocijando con la idea mientras anotaba meticulosamente en su libreta “un llanto inicial, con muerte emocional súbita, desesperación en la reanimación, desolación y desamparo final trágico”.
Luego tomaba la música aparte y, llevando en la probeta esas sensaciones puras que había destilado en las palabras, analizaba con minucia cada sonido del cantor y de los instrumentos: un violín llorando, los bandoneones cabalgando como briosos caballos, las teclas juguetonas y risueñas del piano, un fraseo vibrante del cantor, varios instrumentos tejiendo un sentimiento a la vez o el enmudecimiento repentino para ceder protagonismo al solista o a un único instrumento.Y después de horas y días, a veces semanas, de convivir y jugar a las matrioscas con cada uno de ellos, acababa profundizando en su secreto. “¡Ya está!,¡Ahora te conozco mejor!”- se reptía con júbilo- Y entonces, con ceremoniosidad tanguera, mezclaba de nuevo la letra y la música para bailarlos de forma diferente al impulso inicial. “Tú, palabra o metáfora, potencias lo mejor de ti con el violín... tú, enumeración, con el piano que te protagoniza. Vosotras, anáforas, con el golpe fuerte de la orquesta y la voz elevada del cantor...”Y cuando ya estaban matrimoniadas todas las partes del tango, desaparecía misteriosamente la destripadora. Tenía que olvidarlos a todos en algún lugar del corazón porque, en algunas noches mágicas, esos tangos especiales había que bailarlos como nacidos de nuevo. Sólo serían reconocidos por la emoción.
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